Fracasa el lock-out agrario contra el gobierno de Fernández.


El lock-out agrario falló. Los grupos más concentrados del campo y las corrientes de opinión radicalmente opositoras entre los productores le cantaron falta envido al gobierno de Alberto Fernández ni bien asumió. Pero a la hora de mostrar las cartas, apenas tenían una sota.

Las asambleas de “autoconvocados” comenzaron en distintos puntos de Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires, entre diciembre y enero pasados. Fue en nombre de la presión y la bronca de estas “bases” que Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) rompió lanzas, llamando al paro sin las demás entidades de la Mesa de Enlace, y a 48 horas de haberse fotografiado con el gobierno quien les comunicó el nuevo esquema de retenciones a las exportaciones. Semejante salto mortal parecía indicar que solo CRA quebraría las reglas básicas de la rosca a favor de unas bases enfervorizadas. “Nos vemos en las rutas”, vaticinó su comunicado oficial. Pero el microclima ideológico en el submundo de los agronegocios –con sus canales, sus suplementos, grupos de WhatsApp, intelectuales orgánicos y cibermilitantes en las redes– terminó empujando a la Sociedad Rural Argentina (SRA) y a la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (CONINAGRO), que llamaron también al paro.

La conducción nacional de la cuarta entidad ruralista, Federación Agraria Argentina (FAA), se moría de ganas de sumarse. Sin embargo, algunos sectores de “las bases” de esa entidad lo evitaron. La Federación Agraria de Tandil hizo punta, declarándose directamente en contra del paro y acusando a sus dirigentes de “no consultar a las regionales”. En el mismo sentido se pronunció “Bases Federadas”, que lidera a los chacareros bonaerenses. En un duro documento titulado “Serás lo que debas ser o no serás nada”, fustigó a la conducción nacional y hasta aplaudió el nuevo esquema de retenciones. Finalmente, la FAA nacional dejó “en libertad de acción” a sus afiliados a través de un comunicado difundido a última hora. Una verdadera “lucha de bases” se expresaba de modo contradictorio en las cúpulas de las distintas organizaciones. Pero, antes del paro, no se sabía cuál de esas “bases” se impondría sobre la otra.

“base económica”
El nuevo esquema de retenciones segmentadas le cobra menos impuestos que el macrismo a los pequeños y medianos productores, y le saca más a los grandes. Esto dejó en orsai a los únicos verdaderamente interesados en “retrotraer” la situación al 9 de diciembre de 2019, tal y como demandaron explícitamente los “autoconvocados”. La gran mayoría de productores, que son pequeños y medianos, suelen ser exhibidos en la vidriera de las protestas agrarias para suscitar mayor solidaridad en el conjunto social de lo que conseguirían exponentes de la alta burguesía como Grobocopatel o Miguel Etchevehere.

Así, horas antes del paro, los “autoconvocados” de Córdoba difundieron en las redes sociales el testimonio de un viejo productor de sólo 44 hectáreas, que pedía al Estado “haga algo”. En rigor de verdad, para la mitad de los productores de soja –que comercializan menos de 400 toneladas de granos–, las nuevas medidas constituyen una baja y no una suba de las retenciones, ya que pasarán a pagar entre 20 y 23% –en el caso de los más pequeños–, y entre 26 y 28% en las franjas intermedias, cuando de actualizarse el sistema implementado por el exministro Dujovne deberían estar pagando alrededor de 30%. Para quienes comercializan hasta mil toneladas de soja el tributo se mantendría prácticamente igual que entonces. Un dato importante: el 75% de los productores se ubican en la franja de los que están por debajo de las mil toneladas. Por fuera de estas mejoras queda el 25% de productores sojeros, que sin embargo concentran la comercialización del 77% del poroto y serán los que verán aumentar sus tributos en un 3% de su facturación bruta, hasta alcanzar una retención del 33%. En cuanto al maíz y al trigo tributarán un 12% genérico –para todos por igual–, mientras que los impuestos a la exportación de girasol y de maní fueron rebajados a solo un 5%. Por último, lácteos tributarán 5% y carnes 9% –manteniéndose igual que antes–, mientras se redujeron a la mitad los impuestos a la exportación de ovinos y porcinos, producciones muy vinculadas a las estrategias de supervivencia de pequeños productores familiares.

“Lo que pasa es que, si ganamos, perdemos”, resumía el primer día de la protesta Pablo Paillole, militante chacarero del sur de Santa Fe. “Si el paro gana, nos suben las retenciones; y si pierde, nos la bajan”. Por lo tanto, creía que no había que hacer paro y se propuso discutir cuerpo a cuerpo para que sus “colegas” de la pampa gringa no adhirieran. Del otro lado no le contestaban con la calculadora, sino con un argumento político solidificado: “los kirchneristas están en contra del campo”. Ese dogma insinuaba la certeza de que detrás de todo habría una trampa oculta. Paranoias campestres, pero también un reflejo defensivo residual del conflicto mal planteado de 2008 por la Resolución 125, que quizás no se supere hasta que los bolsillos no experimenten otra cosa en el marco de una nueva discursividad política. Justo lo que algunos sectores quisieron evitar precipitando la guerra.

pólvora mojada
El lunes 9 de marzo comenzó el paro agrario por cuatro días. Pero el derrumbe del precio del petróleo y de las bolsas de todo el mundo, junto al avance triunfal del coronavirus, acapararon las alertas mediáticas. Y el único paro que inundó las calles de verde y conmovió a la sociedad fue el de las mujeres.

En Altos Fierro, localidad cordobesa devenida en una de las vanguardias de los ruralistas autoconvocados, los protestantes custodiaron las rutas desde la madrugada para que no circularan camiones de carga y acoplados sospechosos. Lo mismo sucedía en las inmediaciones de San Pedro, Buenos Aires. Desde el inicio, los esfuerzos no estaban orientados a conseguir solidaridades fuera de “el campo”, sino más bien a controlar a los propios no tan convencidos.

Sin embargo, la Bolsa de Cereales de Rosario se mantuvo operando. Y los puertos de Bahía Blanca y Quequén registraron movimientos normales y en algunos casos hasta por encima del promedio habitual. Donde el paro sí se hizo sentir fue en el Mercado de Hacienda de Liniers, uno de los indicadores clásicos del acatamiento a las medidas de protesta, aunque quienes conocen el paño afirman que refleja más los movimientos de los grandes ganaderos que los de la masa de pequeños productores. Con el correr de los días la protesta fue perdiendo espacio en los grandes medios como Clarín y La Nación, co-autores intelectuales del concepto de “el campo”.

Algo no andaba bien en la medida de fuerza que llamaba a replicar un nuevo 2008 contra el gobierno albertista. Quizás este arranque con olor a pólvora mojada motivó a los sectores más radicalizados a jugarse una última carta: convocar a una asamblea nacional de productores para la mañana del 11 de marzo, a doce años exactos del comienzo del conflicto por las retenciones móviles contra el gobierno de Cristina. La cita era en las puertas de Expoagro, muestra anual de maquinarias e insumos que constituye la capital ideológica de los agronegocios, en un claro desafío a la Mesa de Enlace. Los “autoconvocados” querían mostrarse, ante los grupos económicos y mediáticos que participan de la Exposición, como los verdaderos herederos de la mística del 2008 y como los artífices de la lucha contra el populismo.

qué hay de nuevo, viejo
Si hay algo novedoso en este proceso es la emergencia de una nueva generación de líderes ruralistas que desafían a las viejas “entidades”. Su mito de origen conecta con el 2008, y no con 1912 –aquel enorme conflicto chacarero contra los grandes terratenientes que dio origen a FAA. Es decir, esta nueva generación no surge de un conflicto de clases al interior del campo, sino de la oposición a un actor “externo” como el Estado. De ahí su perfil marcadamente liberal, que empalma con corrientes de opinión anti-impuestos y anti-estado con cada vez más presencia a escala global. Su enemigo principal es “el populismo”, que vendría a ser una especie de “comunismo” camuflado que busca trabar el “progreso”, es decir la generación de riqueza.

Las marcas de ese conflicto contra el Estado que fue 2008 no sólo imprimen contenidos sino también formas, ligadas –aunque parezca contradictorio– con el 2001: una radicalidad intransigente ligada al corte de ruta; la arenga, la asamblea y la marcha; siempre por fuera y contra el Estado. “Los vamos a barrer hasta echarlos a la mierda” gritaba un viejo que blandía un escobillón subido al acoplado de un camión, en la víspera de la asamblea autoconvocada. La fórmula química de Alfredo De Angeli –el primer gran “autoconvocado”, que luego fue subsumido por el sistema político tradicional hasta convertirse en una de las peores voces del Senado–: radicalidad plebeya en el método, liberalismo conservador en el contenido.

Según el periodista Matías Longoni, uno de los referentes de esta nueva generación es Román Gutiérrez, de la zona Pergamino, artífice del tractorazo por el centro de esa ciudad en contra de las restricciones al uso de agrotóxicos y de la suba a las retenciones. También los hermanos Enzo y Alejandro Dalmasso, de Alta Gracia, Córdoba, que encabezan las movilizaciones en Altos Fierro. Roberto Palomo, productor del sur tucumano y caudillo de un tractorazo con acampe de 25 días en la Plaza Independencia de la capital de su provincia en 2015. O Juan Monín, con campos en Chaco y Santiago del Estero, y con un pie en las negociaciones de la Mesa de Enlace y otro en las medidas más “jugadas” de los autoconvocados, como la marcha de camionetas 4x4 y casillas rurales que realizaron desde Charata, Chaco, hasta la puerta de Expoagro en San Nicolás, en el marco del último paro.

Que naveguen las aguas conceptuales de la “autoconvocatoria” no impide que existan vasos comunicantes y cuantiosos fondos provenientes de la rosca política nacional. Es el caso de Sebastián Quiroga, ligado a “los lilitos”, y mentor cordobés del movimiento “campo+ciudad” que quiso hacer la “Marcha del Millón” en apoyo a Macri. Mientras, un febril operador en las sombras es Miguel Etchevehere, exponente de la burguesía terrateniente de Entre Ríos, ex presidente de la Sociedad Rural Argentina y ex ministro de Agroindustria del gobierno de Cambiemos, a quien pudo verse mezclado entre los poquísimos asistentes a la asamblea en la puerta de Expoagro.

puede fallar
La asamblea de los autoconvocados salió mal. Concretamente, no llegaron a reunir cien personas. Para colmo, una lluvia torrencial dispersó a los asambleístas a poco de arrancar y los referentes de la iniciativa terminaron dando una conferencia de prensa ante unos pocos periodistas debajo de una lona. Si era una instancia para medir fuerzas a dos bandas, contra el gobierno y contra la política negociadora de las entidades patronales, el resultado fue contrario al esperado. Una gran muestra de debilidad, que coronó un paro escuálido. La Mesa de Enlace no fue. Y aprovechó para diferenciarse públicamente, llamando a “no repetir la historia”. Las Bases Federadas bonaerenses de FAA llegaron a mofarse públicamente del fracaso publicando en las redes una foto aérea del acto: “Cuéntelos, estos son los que adhieren”.

La segmentación de retenciones cambió el esqueleto económico del conflicto y funcionó como plafón para aislar a los productores más grandes, sin afectar demasiado el monto total de la recaudación. Al mismo tiempo, las instancias de diálogo y negociación convocadas por el gobierno nacional sirvieron para descomprimir tensiones. En vez conformarse un bloque agrario homogéneo que suscitara solidaridades internas y más allá de sí, esta vez “el campo” lució más parecido a lo que realmente es: un conglomerado heterogéneo, que tiende a aislarse en la medida en que lo acaudillan sus expresiones más radicalizadas con contenidos ultraliberales difíciles de digerir para las mayorías sociales asoladas por la crisis económica. Sin embargo, lo que hoy encapsuló a la protesta ruralista sobre sí misma, en el futuro y en otras condiciones puede reconectarlo con franjas de la sociedad mucho más amplias que las del campo. Lo cierto es que, al menos en el primer capítulo de esta saga, la bomba sojera parece haber sido desactivada.
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Juan Manuel Villulla
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